Coeducación (2): la apuesta educativa contra la violencia de género.

La erradicación de las distintas formas de la violencia machista resulta de vital importancia para una sociedad que, como la nuestra, sufre de lleno sus consecuencias más dramáticas y extremas. La educación formal, en tanto que universal y obligatoria, se erige como el instrumento más eficaz, aunque a largo plazo, para lograr este cambio social deseado. Efectivamente, la ruptura con los estereotipos de género y su jerarquización tradicional y la propuesta de nuevos valores de tipo universal contribuyen de manera decisiva a la erradicación de actitudes y modos de comportamiento que favorecen la subordinación y la pasividad femenina, la dominación masculina y el ejercicio de la violencia sobre las mujeres puesto que dotan a las chicas de estrategias contra la sumisión (seguridad, autoestima, confianza en sí mismas, capacidad crítica…) (Ballarín, 2001) y a los chicos, de modelos de masculinidad menos rígidos y violentos. Y es que la cultura patriarcal mayoritaria -con la que no ha roto la escuela mixta- y sus prescripciones sobre los atributos físicos y psíquicos, las conductas, los roles, los espacios y los discursos diferenciados que deben tener hombres y mujeres y su posterior jerarquización, es la gran responsable de la existencia y la legitimación de la violencia de género pues:

  • convierte en referencia los elementos masculinos, los impone como superiores y otorga el poder a los que los ostentan, generando una situación de desigualdad en la que los que tienen el poder recurren a la imposición para obtener beneficios particulares (Lorente Acosta, 2007);
  • promueve un modelo ideal femenino de inferioridad, sumisión, debilidad, docilidad, sentimentalismo y comprensión que hace que las propias mujeres víctimas de la violencia la acepten como normal y legítima (Blaya, Debarbieux y Molina, 2007), dejándolas indefensas a través de un proceso de “interiorización y apropiación de la moral de los opresores” (Sastre y Moreno, 2004);
  • y premia, sobre todo, un arquetipo de virilidad basado en la defensa de la superioridad, el ejercicio de poder, la iniciativa, la fuerza, la imposición, la falta de emociones y la violencia.

Así, la violencia es vista por los chicos como una manera de construir y demostrar la masculinidad más ampliamente reconocida por la sociedad, de manera que la ejercen como medio para afirmar y afianzar su identidad masculina y para ganar popularidad, estatus y respeto dentro de su grupo de pares, convirtiéndose de este modo en un elemento al que es difícil renunciar puesto que ayuda a la autoafirmación y al éxito (Lorente Acosta, 2007). Así pues, es el propio modelo de masculinidad hegemónica el referente simbólico que suscita la conducta violenta, sobre todo con todos aquellos que resultan diferentes, esto es, no solo las chicas sino también otros chicos homosexuales o que simplemente no se ajustan a tal modelo.

Por tanto, si, como ha quedado demostrado arriba, es el elemento cultural el origen de este tipo de violencia, la clave para su erradicación es la actuación sobre los componentes que lo configuran a través de una educación crítica que ponga en evidencia las conductas violentas (Lorente Acosta, 2007), que explique su origen sin culpabilizar a los chicos para no generar en ellos resistencias al cambio y que demuestre los beneficios que la modificación de esos comportamientos puede traer a sus vidas.

Eso sí, para que este modelo de educación crítica pueda obtener los resultados esperados deberá ser llevado a cabo de una manera seria, competente, planificada y coordinada, y partir de la concienciación, la implicación y el compromiso de los centros escolares, los claustros, las familias y el propio alumnado, ya que la acción y los propósitos individuales así como las recomendaciones legales no cuentan por sí mismas con la fuerza suficiente y necesaria para poder ejecutar cambios de tan amplio calado. Así, la coeducación debe ser, en todos los sentidos, cosa de todos y todas o no será.

 

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